EL PRIMER contacto del hombre con un paraíso tuvo lugar en un jardín situado en una región llamada Edén, posiblemente cerca del lago Van, dentro de los límites de la actual Turquía.
Un río que se ramificaba en otros cuatro regaba el jardín para Adán y Eva, quienes, a su vez, tenían que ‘cultivarlo y cuidarlo’. Qué placer debía aportarles la labor de cuidar un jardín en el que abundaba “todo árbol deseable a la vista de uno y bueno para alimento”. (Génesis 2:8-15.)
Edén era un hogar perfecto. Adán y Eva, y sus descendientes, tenían que extender sus límites, utilizando como modelo el exquisito diseño original de Dios.
Con el tiempo, la Tierra entera se convertiría en un paraíso cómodamente habitado a plenitud.
Pero la desobediencia deliberada de nuestros primeros padres resultó en que fueran expulsados de dicho santuario. Lamentablemente, todos los demás miembros de la familia humana nacieron fuera de aquel hogar edénico.
No obstante, el Creador hizo al hombre para vivir en el Paraíso. Por eso es natural que las generaciones posteriores trataran de rodearse de imitaciones de aquel Paraíso.
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